La aventura de cruzar “El Charco”

Cuaderno de bitácora

A bordo del Zulú, un comodísimo velero de 20 metros de eslora y casco de acero, el 8 de noviembre de 2009, un par de semanas antes de que arrancara la multitudinaria regata ARC, partimos de Las Palmas rumbo al Caribe una heterogénea tripulación capitaneada por Álvaro Aguirre e integrada por Pochi Arangüena, que oficiaba como marinera-cocinera, los expertos lobos de mar Juan Carlos Esnal “Baxarri”, Serafín Lertxundi, Juan Vacas y Juan Corrales, y también un par de aprendices no demasiado aventajados: el alemán Oli y una servidora, Elena del Amo, periodista encargada de narrar estas casi tres semanas de travesía siguiendo esos mismos vientos alisios que permitieron a Colón arribar a América.

12 de Noviembre

Pilates en mitad del océano

Llevamos, con hoy, cuatro días navegando. Los dos primeros tuvimos buen viento de aleta. Al poco de salir de Canarias incluso llegamos a alcanzar los 35 nudos. Sin embargo hace dos días la cosa decayó y hemos tenido que usar algo de motor hasta hace un par de horas, que el viento ha vuelto a soplar tímidamente aunque lo suficiente para hacernos avanzar a casi cuatro. La trinqueta y el génova vuelven a lucir desplegados sobre cubierta en “orejas de burro” o, como dicen los finos, en “alas de mariposa” (en cualquier caso los marinos lo entenderán!). El Atlántico luce liso como un plato y seguimos descendiendo hacia el suroeste, aproximándonos a Cabo Verde, donde al parecer será más fácil volver a coger un buen viento que nos vaya arrimando hacia el Caribe.

En estos todavía escasos días la vida a bordo se ha desvelado como una auténtica cura de estrés, y eso a pesar de las guardias, que nos hemos distribuido en grupos de a dos para que el barco esté siempre vigilado. De día y de noche. O sea que entre las guardias de madrugada y lo mucho que se movió el Zulú las dos primeras noches -en la cama se tenía la impresión de estar en una centrifugadora- nunca se duermen las ocho horas reglamentarias. Es decir, seguidas. Porque, a cambio, las siestas a cualquier hora son gloriosas, en especial las que provocaron las fabes que como buen asturiano perpetró el capitán hace un par de días. No se libró nadie. Por unas horas el Zulú fue un barco fantasma. ¡Bendito piloto automático!

Hasta ahora cada jornada se parece sospechosamente a la anterior, aunque a ciertas “monotonías” no hay quién se atreva a ponerles pega: horas leyendo al sol en cubierta, sobremesas eternas, unas puestas de sol de escándalo… y también alguna que otra tarea algo más edificante. Entre ellas, preparar unas poteras para intentar pescar calamares en vista de que todavía no ha picado ni un solo atún en las curricas que los dos vascos de a bordo lanzaron al mar el primer día. También, tras el desayuno, media horita de Pilates liderados por Baxarri, todo un maestro que nos tumba en popa a bombear, arquear arriba y abajo la columna e intentar respirar metiendo abdomen… algo cada vez más difícil con las buenas comilonas que nos prepara Pochi. Y, por si fallara la tecnología, hasta las clases de sextante que Álvaro, el capitán, imparte cada mañana con impactantes resultados entre sus pupilos y de cuyos enrevesados cálculos y mediciones deserté abrumada a la primera.

Además nos han visitado los delfines. Manadas enormes, acompañadas incluso ayer por ballenas piloto que curiosearon un buen rato por las inmediaciones del velero y que parecían tan maravilladas de vernos como nosotros a ellas. Pero lo más emocionante, al menos para mí, siguen siendo las guardias de madrugada. Me han enseñado a encontrar el Norte localizando la Estrella Polar, entre la Osa Mayor y Casiopea. Desde hace varias noches el radar no ha dado aviso de barco alguno, y sentirse sola en mitad de toda esta inmensidad de agua es pura libertad. Silencio durante horas sobre cubierta, con un cielo tapizado de estrellas, aquí más cercanas y más brillantes. Y con tantas estrellas fugaces que, si la cosa sigue así, cuando lleguemos al Caribe no me van a quedar deseos que pedir.

13 de Noviembre

Arranca la temporada de pesca

Amanecer insuperable. Apenas conciliado el sueño tras una guardia con Baxarri de cuatro a seis de la madrugada, alguien asoma la cabeza en mi camarote para que no me pierda el espectáculo: ¡ha picado un pez espada! El bicho escapó, partió el sedal con su sable, pero llegué justo a tiempo de admirar sus saltos desesperados mientras despuntaban los primeros rayos de un día más a bordo. Ya el quinto.

Nos acercamos a Cabo Verde y aquí hay más pesca. Ya llevaban días anunciándolo los vascos, Baxarri y Serafín, y también Álvaro, el capitán, que son los que más entienden aquí de estas cosas. Como para darles la razón, nada más perder al pez espada picó un primer dorado en la currica. Pero enseguida la caña volvió a cimbrear y cayó uno más. Y otro. Y otro. Resultado: una paella de pecado con cebiche de aperitivo y un dorado al horno por obra y gracia en este caso de Serafín, culminado todo ello por el célebre tiramisú de Pochi.

Y no quedó ahí la cosa. Enseguida hemos vuelto a pescar un atún de siete kilos y medio, que Álvaro y Baxarri han fileteado en la misma popa. Las curricas siguen echadas y cada vez estamos más cerca de los caladeros de Cabo Verde. A ver con qué nos desayunamos mañana.

14 de noviembre

18 grados Norte de latitud

Ya tenemos algo más de viento. Con casi doce nudos, hoy ha habido maniobras para cambiar las velas, con cuidado y sin prisas. Estamos en mitad del Atlántico, lejos de cualquier sitio y de cualquier taller que pudiera ayudarnos a reparar el menor desperfecto.

15 de Noviembre

Orcas a babor

Los domingos se pensaron para descansar. Sin embargo hoy hemos tenido un día movidito. Hemos vuelto a hacer maniobras para cambiar el tangón de sitio y aprovechar mejor el viento. También ha tocado hacer limpieza del barco y hasta la colada. Pero, como decía el anuncio: ¡el frotar se va a acabar! Para ahorrar agua y esfuerzos, nada mejor que lanzar por la popa la ropa atada a un cabo y dejar que las olas, cada vez más largas y oceánicas, la zarandeen a modo. Queda todo impecable… lástima que en la meseta haya que ceñirse a métodos más tradicionales. Y algo parecido nos ocurre a nosotros: desde hace unos días ya ninguno nos duchamos en el cuarto de baño. Con el buen tiempo que hace apetece mucho más hacerlo a cubo limpio en la popa como dios nos trajo al mundo. Eso sí: los chicos con los chicos y las chicas con las chicas.

Barcos llevamos varios días sin ver. Ni de día, ni tampoco en las guardias de noche, que seguimos haciendo por parejas cada dos horas: Serafín con Juan Vacas, Juan Corrales con Oli, Baxarri y yo juntos, y Álvaro en solitario. La única exenta es Pochi, que bastante tiene con cocinarnos, aunque entre las tareas de quienes tengan guardia está la de dejar la cocina como los chorros del oro tras cada festín.

Lo que sí hemos visto hoy, y ha sido potentísimo, han sido tres orcas pegadas increíblemente al barco, atraídas muy probablemente por la sangre de los dos atunes que también hoy han vuelto a picar en las curricas. Casi ocho kilos y medio cada uno, que entre Serafín y Álvaro han fileteado para preparar mañana un marmitako con, como dicen los vascos, “mucho fundamento”. Las clases de Pilates de Baxarri progresan también adecuadamente.

18 de Noviembre

Pasado el ecuador de la travesía

Desde que salimos de Canarias, hace diez días, hemos navegado ya 1.600 millas. Quedan apenas 1.200 más para llegar al Caribe, donde el Zulú, como tantos otros veleros de chárter, pasará el invierno alquilándose entre los afortunados que tengan el acierto de elegirlo. Precisamente para eso lo estamos trasladando. Hasta mayo no regresará de nuevo al Mediterráneo. Es un barco fiable; perfecto para embarcarse con seguridad y total comodidad en travesías como esta que estamos haciendo de una punta a otra del Atlántico.

Estamos ya a mitad de camino entre África y América. Ni siquiera durante las guardias nocturnas sobre cubierta es necesario ponerse una chaqueta. Sol, calor y no demasiado viento (esa es la única lástima) son parte de una rutina diaria que, a diferencia de lo que cabría imaginar, no cansa en ningún momento, porque estar en mitad del océano es todo un lujo y más con esta tripulación, con la que hasta los desayunos conllevan una sobremesa de dos horas de charlas, de bromas, de juegos… Al menos una servidora tiene cero ganas de llegar a tierra firme y me consta que los demás tampoco tienen urgencia alguna.

Entre los quehaceres diarios para tener el barco a punto queda tiempo de sobra para leer, escuchar música, pescar o meterse en la cocina y sorprender a los compañeros de singladura con algún plato. Imposible hastiarse de este avance lento, ola a ola, sacándole los matices a tantos milagros cotidianos que a los urbanitas se nos pasan por alto en el día a día. Las fases de la luna, el brillo aquí insuperable de las estrellas, los juegos de los delfines que casi sin falta cada tarde se arriman a curiosear junto a la proa. O la barbaridad de peces voladores que emergen del agua precedidos en las profundidades por los atunes o, en la superficie, por esas aves marinas que, me cuentan, llegan a vivir incluso meses en el océano sin tener necesidad de posarse. Imposible no sentirse una privilegiada y dar gracias a los hados por estar participando de algo así.

De momento sólo nos hemos cruzado con otro velero. Fue anteayer. A bordo viajaba una pareja holandesa en dulce jubilación, navegando ellos solos hasta Surinam. ¡Quién no firmaría por una vejez así! Como premio a su osadía les regalamos el último lomo de atún que habíamos pescado. No ha habido más remedio que volver a echar la caña.

23 de Noviembre

Un poco de Acción

A menos de 600 millas de llegar al Caribe un soberano chubasco vino ayer a romper la plácida rutina de estas ya dos semanas de travesía atlántica, donde cada jornada ha sido fiel a un ritmo riguroso de:

-Desayuno en cubierta, sin prisa, seguido de media horita de pilates, el trazado del rumbo y las prácticas con el sextante para aprender a guiarse como los antiguos marinos.

-Enseguida, claro, a comer, con sobremesa, lecturas o siestas a voluntad para, al atardecer, tras unas horas de risas y dominós, ir preparando cenas y copas con las que templar el cuerpo para las guardias que de noche tenemos que hacer todos salvo Pochi, que queda exenta y es la única que puede dormir a pierna suelta.

Pero ayer, ni siquiera ella fue capaz. Tras una desternillante representación teatral que, en rigurosa exclusiva oceánica, habían llevado a escena Baxarri, uno de los Juanes y Álvaro, convertido para la ocasión en el capitán león marino, unos nubarrones negros avanzaron por la popa y comenzaron a descargar con saña. Se ve que a los dioses no les debió gustar la obra que con tanto esmero había pergeñado el talentoso Juan, insigne inventor también en estos días de travesía de la guitarrolla, un nuevo instrumento musical fabricado en unas horas de tedio con unos tablones, unos sedales de pesca y una olla rapiñada en la cocina.

Tras la representación en popa y la merecida ovación, el temporal llegó a alcanzar ráfagas de hasta 45 nudos de viento real. Lluvia, rayos y mucho bamboleo (los expertos me corrigen y sugieren que escriba “balanceo”, que queda más técnico). Pasar del pareo al traje de agua fue visto y no visto. También la guardia pasó de ser una  una plácida observación del firmamento a un no perder de vista el radar, en el que, increíblemente al menos para mí, podían verse hasta las cortinas de agua que intentábamos esquivar.

La tempestad duró toda la noche y buena parte de la mañana. Como parecía evidente que esta cronista no era la más adecuada para manejar la situación, me eximieron de la guardia y, quizá por el calor asfixiante que se formó en el interior del barco al tener los portillos cerrados a cal y canto, Pochi y yo acabamos entrando literalmente en coma. Ambas compartimos el camarote de proa y, si bien en las primeras noches nos despertábamos una y otra vez con el ruido o el cabeceo, con la sensación de estar dentro de una lavadora y hasta de estarnos hundiendo, a estas alturas de la singladura ni siquiera la tormenta nos impidió acabar dormidas como piedras, ajenas a la lucha de los hombres contra los elementos.

Como en las buenas historias, tras la tempestad llegó la calma y la tarde volvió a lucir resplandeciente. Igual que ha amanecido hoy. Estamos a latitud 14 grados, 17 minutos y 526 segundos Norte y longitud 51 grados 26 minutos y 739 segundos Oeste. Quedan solo 69 horas para llegar al Caribe y, por apetecible que suene la cosa, me da que ninguno de los ocho tripulantes tenemos demasiadas ganas de llegar a puerto.

25 de Noviembre

Escrito en el último día en alta mar

Apenas quedan 220 millas para llegar a la isla caribeña de Santa Lucía, muy probablemente mañana al atardecer. Se intuye duro el momento de poner pie en tierra y volver a encender el móvil después de haber estado desenchufado del mundo durante más de dos semanas.

Podríamos haber escuchado en algún momento las noticias de Radio Exterior, que al parecer llegan con total nitidez a través de la BLU, pero nadie ha tenido semejante tentación. Aislarse, pero de verdad, es tal privilegio que mejor aprovecharlo a fondo. Ya habrá tiempo de ilustrarse con el último episodio del caso Gürtel o con el desenlace del secuestro de los pescadores del Alakrana en las aguas del Índico. Y habrá tiempo también de leer todos los mensajes atrasados y de ir enterándose de los “fuegos” que tocará ir apagando, de uno en uno, de vuelta al trabajo. Pero aún no.

Todavía, aunque ya solo por una veintena de horas más, seguimos cabalgando sobre las olas, sobrevolados por aves marinas que nos permiten admirar muy de cerca sus planeos y zambullidas en picado. Y sobrevolados también de noche por emocionados cielos estrellados que será imposible olvidar. Hace dos noches, durante la guardia de cuatro a seis, avanzábamos justo a caballo entre la Estrella Polar que indica a los marinos por dónde queda el Norte y entre la Cruz del Sur. Ésta, a pesar de ser la reina de los cielos del hemisferio opuesto, se lleva dejando ver desde hace días. Una a babor y la otra a estribor, haciéndote sentir como una gota insignificante en mitad de este océano y, al tiempo, un testigo de excepción de esta maravilla cotidiana que parecía lucir sólo para nosotros.

Ya hemos puesto a enfriar dos botellas de champán para el primero que aviste tierra.

26 de Noviembre

¡Tierra a la vista!

A mediodía en plena sobremesa, mientras Baxarri y yo teminábamos de fregar los cacharros (hoy nos tocaba guardia de cocina), oímos a Serafín desgañitarse en cubierta con un ¡¡¡Tierra a la vista!!! No me quedó claro si fue el grito original o el que le obligaron a repetir los compañeros para, cámara en mano, inmortalizar el momento.

Después de 3.000 millas entre pecho y espalda y 18 días sin ver nada más (¡ni menos!) que agua, atardeceres de escándalo y unos cielos estrellados de esos que le llegan a uno al alma, por fin se atisbaban los perfiles de Santa Lucía. Desde luego que Serafín tendrá bien contento a su oculista, porque me cuentan que en la mar es raro ver más allá de 20 millas en un día de buena visibilidad, y el radar aseguraba que faltaban 24 para la Marina de Rodney Bay.

Allí, entre villas, palmeras y yates de lujo, sobrevolaba el sabor del Caribe, con hasta el célebre “fruity man” que, a bordo de una barquichuela engalanada con banderas de medio mundo, nos surtió de mangos, papayas y frutas tropicales. Cómo no, sobre el pantalán también aguardaba un pequeño ejército de rastas dispuestos a ofrecer todo tipo de servicio y mercancía con un supuestamente cómplice “Welcome to paradise“. Luego, tras comprobar que cada uno a su manera intentaba darnos gato por liebre, empezamos a sospechar de todo el que se descolgaba junto al Zulú enarbolando el mismo grito de guerra.

Brindis con champán, bastante pena (al menos yo) de que la aventura se estuviera terminando, y la impresión de volver a ver gente, escuchar tráfico, tener cobertura en el móvil y caminar sin que se le moviera a uno todo. Hasta tenemos wifi a bordo, con incluso un canal habilitado para los participantes de la ARC 2009, la regata que, como cada otoño, salió el 22 de noviembre de Las Palmas con cerca de 300 barcos dispuestos a cruzar el Atlántico y que a principios de diciembre comenzarán también a llegar a Rodney Bay.

28 de Noviembre

De Santa Lucía a Martinica

Ayer, nuestro primer día entero en tierra, hubo actividad de lo más terciadito. Baxarri y el madrileño Juan Corrales –alias “Inaxio” por su parecido al levantador de piedras Iñaki Perurena– se escaparon al St. Lucia Golf Resort por eso de no perder el swing. Para no herir susceptibilidades obviaré los resultados de un “combate” que llevaba anunciándose durante toda la travesía. Serafín y Oli, el alemán, salieron hacia la otra punta de la isla para bucear. Y los demás llevamos el Zulú hasta las inmediaciones de la destartaladamente caribeña Soufrière, donde de nuevo todos juntos pasamos el resto de la tarde a remojo, en absoluta soledad, en las aguas termales de este rincón de la isla alfombrado de jungla.

Para la noche fondeamos frente a la playa despampanante y salvaje de Malgretout, vigilada por los “pitons”, dos inmensos picachos que en medio de una vegetación con regusto a paraíso se yerguen sin contemplaciones sobre el mar.

Santa Lucía, a pesar de contar con una marina del nivel de Rodney Bay o con un buen puñado de hoteles de lujo, es un mínimo país insular bastante pobre en cuanto uno se aparta de los cogollos turísticos. Hasta Soufrière, de hecho, no parece que se acerquen muchos blanquitos. Pochi y yo apenas vimos a un timorato grupito de ellos mientras hacíamos la compra en el supermercado de la plaza. Y de noche, cuando sólo Serafín y una servidora nos animamos a cambiar las copas en el Zulú por unas cervezas “piton” bien frías en el pueblo, sólo atisbamos a una rubia muy bien acompañada que, como nosotros, iba recalando por los bares a caballo entre lo rasta y lo country y los tenderetes callejeros de pollo a la brasa que presiden la vida noctívaga de esta esquina del Caribe.

Hoy muy temprano hemos partido hacia Martinica en dos horas sublimes de navegación, con estupendo viento de través y por fin, tras 18 días de travesía en empopada, “orzando a morir”. A pesar de estar a estas alturas negros como tizones el sol nos ha castigado pero bien, y es que no había quien se resistiera a disfrutar de las últimas horas de vela sentado a barlovento, bajo un sol de justicia y con un Campari helado en la mano de esos que Juan Vacas sabe preparar como el mejor de los barman.

Ya de lejos se nota que Martinica es mucho más “civilizada” que Santa Lucía. A fin de cuentas se trata de Europa (¿no?): se funciona en euros, sus vecinos gastan pasaporte francés y por sus ordenadas lomas incluso puede atisbarse algún que otro bloque de pisos. Pocos, afortunadamente, que es también una isla bellísima.

Por la tarde hemos despedido a Oli, el alemán impasible que apenas ha soltado prenda durante todo el viaje y se ha leído cerca de una decena de libros de esos de a 600 páginas ejemplar. Me pregunto qué le contará a sus amigos a la vuelta sobre las improvisadas “actuaciones” con las que de cuando en cuando se amenizaban las veladas a bordo, de los desayunos con sobremesa de dos horas con los que empezábamos el día o de las clases de pilates que dirigía cada mañana el “profesor Baxerri” en la popa. A pesar de ser un hombre de pocas palabras creo que él también se ha divertido de lo lindo. No era precisamente la alegría de la huerta, pero no ha perdido la sonrisa ni un momento, y la verdad es que todos y cada uno de nosotros nos hemos esmerado por hacerle sentir parte del equipo a pesar de no ser particularmente sociable ni hablar ni papa de español.

Hoy se ha ido él, y mañana lo hacemos uno de los “juanes” y yo. Ni me atrevo todavía a pensar en ello.

2 de Diciembre

De regreso a Madrid

Ya llevo un par de días en un Madrid lluvioso y tristón. Para qué dar detalles del choque con el mundo real, los cerros de trabajo acumulado y, sobre todo, de la despedida de todos. Baxarri y el otro Juan regresan ya mañana, mientras que Pochi y Serafín se quedan a la aventura por estas tierras hasta que role el viento y les entren ganas de volverse a casa. Álvaro se reserva la mejor parte: se queda en el Zulú por el Caribe a la espera de que el barco vaya siendo charteado a lo largo del invierno. Y en abril, travesía de vuelta para traer el barco al Mediterráneo. ¡Quién fuera capitán… e incluso marinero!

Elena del Amo

Periodista – Aventurera



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